Historia del Cabildo
 

El cabildo de Sevilla, como todos, está formado por un grupo de sacerdotes cuya tarea es la conservación de cuanto pertenece o afecta a la Catedral. Aunque ha ido perdiendo poder y prerrogativas, esta misión le es propia y la ha venido realizando a lo largo de su historia multisecular: nace apenas conquistada la ciudad y ha sobrevivido hasta hoy con altos y bajos, como cualquier otro cuerpo institucional compuesto por hombres.

La conquista de Sevilla el 22 de noviembre de 1248 marcó el comienzo de la restauración de su iglesia que, al parecer, no perdió su carácter de metropolitana, ya que se continuó sin interrupción la sucesión episcopal hasta un siglo antes de la reconquista cuando la persecución almohade provocó la huída del último de ellos. Convertida la aljama musulmana en catedral y restaurado el culto, san Fernando creó y dotó al primer cabildo para servirla; el primer Repartimiento relaciona, con nombres y cargos, a treinta canónigos y treinta racioneros, todos ellos compañeros del Santo Rey en la conquista.

Primer sello del Cabildo (1256)

El primer prelado sevillano fue el infante don Felipe, quinto hijo de Fernando III y Beatriz de Suavia, que había nacido hacia 1227 y que nunca se ordenó sacerdote. Una vez nombrado, pidió al papa Inocencio IV las facultades precisas para organizar su iglesia; el papa se las concedió y así el 17 de mayo de 1252, pocos días antes de la muerte de su padre, el Infante-arzobispo organizó los beneficios. En agosto del año siguiente encontramos documentados los primeros cargos conocidos del cabildo. Sin embargo, la culminación del proceso organizativo se debe a su sucesor don Remondo de Losada, quien promulgó las primeras Constituciones el 29 de mayo de 1261, confirmadas por Gregorio X en 1271.

El cabildo se componía, según usos de la época, de cuarenta canónigos residentes, diez de ellos "las dignidades"; veinte racioneros y otros tantos medio racioneros, a los que se sumaban doce canónigos "extravagantes" o no residentes, que servían de forma ocasional a la Catedral. Conocemos incluso los sueldos o percepciones de cada uno de ellos.

A lo largo de la historia, hubo momentos en los que el cuerpo capitular estuvo a la altura de las circunstancias, como fue a la hora de construir la Catedral actual, en 1401, estando Sevilla sin arzobispo. El momento pasó a la leyenda, que cuenta: "Y al tiempo que salían del cabildo estos prebendados que hicieron el decreto, dijo un racionero llamado Joan de Alarcón: 'Hagamos una iglesia que los que la vieren labrada nos tengan por locos'. El visitante, real o virtual, puede apreciar la veracidad o menos de lo dicho. Años después, Cristóbal Colón y su hijo don Hernando tuvieron muy buenos amigos entre los canónigos; alguno no lo fue. En la mayoría de los tramos de esta historia encontramos entre los canónigos muchos apellidos ilustres de Sevilla, de España e incluso de otras naciones, como el duque de York; la mayoría para percibir sus rentas. También hay casos de niños de pocos años nombrados dignidades, como un Spínola, que con el tiempo llegó a presidir la sede. La misma Inquisición consiguió una canongía para ayuda de su titular. Canónigo de Sevilla fue el conde-duque de Olivares y también lo fueron nuncios, familiares del Papa y funcionarios de la Santa Sede. Ni que decir tiene que, a lo largo de tantos años, no pocos capitulares sevillanos llegaron al episcopado; algunos de ellos a sedes metropolitanas en España y en la América hispana.

Otro momento digno del recuerdo fue la etapa del llamado "gobierno intruso" de José Bonaparte. Los franceses encontraron en el cabildo de Sevilla enemigos muy encarnizados, algunos de los cuales estuvieron entre los elegidos en las Cortes de Cádiz de 1812. Estando la ciudad en sus manos depusieron a los canónigos huidos, no residentes, porque sabían que les eran enemigos y en su lugar nombraron a sus partidarios. No pocos de los que se quedaron se negaron a aceptar el deshaucio de sus compañeros y a votar a favor de los presentados por el usurpador. Sin embargo, dos de las grandes figuras literarias del momento entraron a formar parte del cabildo: Alberto Lista y Félix José Reinoso, párroco de Santa Cruz (1791-1811), que consiguieron cada uno una media ración durante la ocupación de Sevilla. A estos dos próceres hemos de añadir en estos mismos años al deán don Manuel López Cepero y a don Nicasio Gallego, sin olvidar a José Maria Blanco Crespo (Blanco White), magistral de la Capilla Real.

Tras la desamortización, 1837, llegó el ocaso de la institución. El entramado religioso y cultural desapareció, sin beneficio para nadie. Como consecuencia de la misma se firmó el Concordato de 1851, que remodelaba al cabildo. Hasta ese momento el de nuestra Catedral se componía de 14 dignidades, 34 canónigos, 25 racioneros, 43 medios racioneros y 40 beneficiados. Tras esta reforma las dignidades quedaron reducidas a siete, los canónigos a 21, desaparecieron racioneros y medio racioneros, y los beneficiados pasan a ser 22.

Los últimos años, gracias a las aportaciones del turismo y a pesar de las críticas a "pagar por visitar la Catedral", el cabildo ha podido ir levantando cabeza y responder a las exigencias que nuestro mundo exige. Hoy es capaz de presentarse, aunque con limitaciones, como heredero de la institución que, en tantos momentos de la historia de Sevilla, brilló y sirvió.

Un dato más: en ciertos momentos de esta historia, la institución, "deán y cabildo", como dice la documentación, se tuvo que enfrentar con los problemas más duros, con las situaciones más arriesgadas: cuando Sevilla no tenía prelado, en los llamados periodos "sede vacante", que fueron muchos; y otros, más frecuentes que lo que debieron ser, cuando esos mismos arzobispos estaban ausentes, generalmente en la corte.

Una historia, como has podido ver, curiosa e intrigante, en la que se mezcla el poder y la solidaridad, la honradez y la ambición. Un segmente de la historia de la ciudad, muy en consonancia con el mundo en que se desarrolló. Entre sus integrantes ha habido de todo: quienes, amparados y enmascarados en estructuras eclesiásticas y en subterfugios espirituales y canónicos, viven alejados de la doctrina de Jesucristo, a quien debían haber consagrado la vida, pero también otros que, fieles al espíritu de servicio, brillaron con la aureola de la santidad e intentan hoy dar testimonio de Aquel cuyo nombre representa la salvación, Jesús el Señor.


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